Este año se cumplen 10 años de la masacre acontecida en la aldea chiapaneca de Acteal. El 22 de diciembre de 1997 45 indígenas tzotziles fueron asesinados mientras rezaban en una capilla de la comunidad de Acteal, en el municipio de Chenalho en Chiapas. De las víctimas, 16 eran niños, niñas y adolescentes; 20 eran mujeres y nueve hombres adultos. Siete de las mujeres estaban embarazadas.
En las luchas sociales suele hablarse de la pluma y el fusil. A veces como complementarios, pero la mayor parte del tiempo como sustitutos. El argumento central de esta relación podría resumirse diciendo, que es mejor escribir que disparar, en más de un sentido. En el caso de Acteal mucha tinta ha corrido desde 1997, buena parte de ella en batallas legales.
Aunque a la opinión pública en general parece no importarle demasiado, otra buena cantidad de tinta ha sido vertida en las últimas semanas en un debate sobre lo acontecido hace 10 años. De un lado Hector Aguilar Camìn publicó la primera de tres partes de un ensayo sobre Acteal en la revista Nexos. Por su parte las comunidades agraviadas por la violencia han contestado muy enojados con los argumentos de Aguilar Camín. De manera simultanea el periodista Herman Bellinghausen lleva casì dos semanas haciendo entregas diarias de su versión de los hechos. Muchos otros se han sumado al debate.
Independientemente de si la discusión llegue a alguna conclusión, conviene recordar quienes fueron las personas masacradas aquel 22 de diciembre: La mayoría de los presentes ese día en la capilla eran miembros de la Organizaciòn Civil Las Abejas. Fundada en 1992 es una organización autodenominada pacifista que impulsa una agenda de derechos humanos y comercio justo. En 2001, junto con su filial comercial
Cooperativa Maya Vinic, recibieron el
“Premio de los Derechos Humanos de la República Francesa”, el reconocimiento más importante de Francia y uno de los más importantes del mundo en la materia.
Es de gran importancia señalar que tras los acontecimientos de 1997, y a pesar de la tragedia, la zona de los Altos de Chiapas no se desmorono en una espiral de violencia. Michael Ignatieff, reconocido activista de derechos humanos y estudioso de conflictos étnicos, ha explicado que la escalada de la guerra civil en la ex-Yugoslavia se debió en gran medida a la demonificación mutua entre los grupos adversarios y la creencia, también mutua, de tener derecho a la venganza. Los ataques se sucedieron uno al otro en una guerra civil que solo pudieron parar las grandes potencias reunidas en la OTAN. Argumentando "que el otro empezo primero" se libro una de las peores guerras de exterminio que ha vivido la humanidad. Tras una guerra que duró 10 años,y costo cientos de miles de muertos, el tèrmino "balcanización" se convirtiò en sinònimo de "limpieza étnica".
Después de 1997, fuimos afortunados en presenciar que los Altos de Chiapas no estallaron en un polvorín de violencia étnica. Desde entonces han habido reclamos de que se libra una guerra de baja intensidad y que altos funcionarios del gobierno estuvieron involucrados en la matanza. Sin embargo la región ha vivido una relativa calma. Nada que de lejos se le acerque a los conflictos de la antigua Yugoslavia o el Este de Africa.
Una de las grandes diferencias entre Acteal y Kosovo, Rwanda o Darfur, es que en estos últimos la masacre fue impulsada y protegida por los niveles más altos niveles de la jerarquía gubernamental. En todos estos casos, solo ha sido posible detener la violencia tras una intervención diplomática e incluso militar, de las grandes potencias internacionales. Nada de eso ha sido necesario en México.
Maya Vinic es una cooperativa que produce café orgánico en la región bajo principios de comercio justo. Ha conseguido organizar a los prodcutores de la región y colocar sus productos en los mercados internacionales, además de ganar un reconocido premio. Puede decirse que la tinta y el café han sido buenos antídotos contra la violencia. Lo mejor es que sigan fluyendo.